Realismo literario

ES ERRÓNEO caracterizar al realismo (y a su prolongación, el naturalismo) como movimientos opuestos al romanticismo; por el contrario, surgen de la evolución de su predecesor. En estos momentos, en Europa, el poder de la burguesía se ha consolidado con el incremento de la industria, el comercio y el progreso técnico; y si el romanticismo suponía un rechazo de los valores burgueses, ahora esta actitud se verá acentuada, con la salvedad de que el escritor no se evadirá de la realidad, sino que intentará reflejarla: de ahí el nombre de realismo. El viraje en la postura de los artistas es el resultado del impulso ejercido por las corrientes filosóficas y científicas de la época: el positivismo de A. Compte con su rechazo del idealismo en favor de la investigación de lo observable y medible; el experimentalismo de C. Bernard y la teoría sobre la evolución de las especies defendida por Ch. Darwin.

ESTÉTICA
HACIA 1850 puede hablarse ya de estética realista en Francia. Los realistas se proponen la «reproducción de la realidad», tras rigurosa documentación y estudio del «natural». Obviamente, el género literario más dúctil a este empeño es la novela recuérdese la definición de Stendhal: «La novela es un espejo que se pasea a lo largo del camino». Dos son los aspectos en los que se hace especial hincapié: el ambiente predominantemente urbano y burgués y la psicología, analizada en toda su complejidad. La finalidad última es la crítica a la sociedad y a sus actitudes, con clara voluntad de contribuir a reformarla. Por ello, la supuesta «objetividad» del escritor se ve a menudo empañada por su personal visión del mundo.

Autores destacados del realismo francés serían Stendhal (1783-1842), Balzac (1799-1850), Victor Hugo (1802-1885) y Flaubert (1821-1880). El naturalismo supuso un llevar a los límites la voluntad científica de la novela. Con la aparición de Emile Zola (1840-1902) en el panorama literario, la narrativa pretenderá demostrar una serie de premisas asimiladas de la ciencia del momento: las leyes que rigen la conducta del hombre son puramente fisiológicas; el ser humano es producto de la herencia biológica y de las circunstancias el «medio».

El realismo literario

En la literatura española, la madurez del realismo se alcanzó en la década de 1880-1890. Con todo, es necesario matizar que, si bien los escritores franceses se convirtieron en modelo para los españoles, éstos jamás aplicaron a rajatabla los presupuestos del realismo, y muy especialmente del naturalismo, al cual pasa revista La cuestión palpitante de Emilia Pardo Bazán (1851-1937) para concluir que, aunque Zola no tiene por qué ser tildado de inmoral, su defensa del determinismo y del materialismo se avienen poco con la tradición literaria y el sentir nacional. Benito Pérez Galdós (18434920) y Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901) serían los escritores más destacados del momento. Galdós, narrador que resume a la perfección la trayectoria del realismo en España, inició su andadura literaria con las llamadas novelas de tesis, de marcado fin didáctico y propagandístico, protagonizadas por jóvenes de ideas avanzadas que se ven enfrentados a un medio social retrógrado. Esta tendencia inicial empezó a remitir hacia la década de los setenta para dar paso a su segunda manera de novelar: el realismo-naturalismo.

Realismo literarioEn 1881, con la publicación de La desheredada, el novelista canario efectuó un análisis de la locura de Isidora Rufete, personaje que como ocurría en los folletines de la época cree ser hija de unos marqueses, cuando en realidad no es más que la hija de un loco recluido en un manicomio. De la misma época son otras obras en las cuales, a imitación de Balzac en La comedia humana, crea una galería de personajes secundarios. A través de ellos, Galdós critica especialmente la locura de los que buscan como sea el dinero y de quienes rinden culto a las apariencias y se ven por ello avocados al despilfarro. En 1887 publica Fortunata y Jacinta, novela de transición en la cual se empieza a observar la influencia, que tan fructífera será en la época posterior, de la novela rusa de Tolstói y Dostoievski. Sus últimas obras se aúnan con el membrete de «etapa espiritualista», porque todas ellas coinciden en la invención de una serie de personajes marcados por conductas ético-religiosaís que se ofrecen como la única vía posible de transformación de la sociedad, ahora que el novelista ha perdido absolutamente las esperanzas en la burguesía como motor del progreso.

Leopoldo Alas «Clarín» fue, además de novelista, un reputado crítico literario; como tal, defendió la novela de tesis en la década de los setenta, para dar paso, posteriormente, a la apología del naturalismo. Con todo, su visión no se convirtió en mero eco de las teorías de Zola, sino en recreación y adaptación a la tradición española, impregnada por aquel entonces del idealismo krausista. Alas, por ejemplo, jamás cayó en la falacia de que la novela podía llegar a ser ciencia, pues los datos obtenidos de la observación de un artista no podrían equipararse a los de un experimento científico.

La mejor ilustración de sus concepciones al respecto se encuentran en La Regenta (1885), retrato del personaje de Ana Ozores y del ambiente que la rodea, la ciudad de Vetusta. Esta protagonista femenina vive en constante conflicto con sus impulsos sexuales no satisfechos como consecuencia de la impotencia de su marido; ello y la hipocresía moral de la sociedad provinciana circundante la arrastrarán irremisiblemente a un adulterio contra el cual su voluntad intentará luchar tenazmente. En Hispanoamérica el realismo está representado por las novelas de intención social, con influencia de Zola, del argentino Eugenio Combacérés (1843-1888), y por el teatro y la narrativa del mexicano Federico Gamboa (1864-1939).